Bécquer

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER

Biografia: Originario de Sevilla, España, Bécquer nació el 17 de febrero de 1836 siendo su padre un célebre pintor del costumbrismo sevillano quien dejó huérfano a Adolfo a los cinco años. Comenzó sus primeros estudios en el colegio de San Antonio Abad, para luego pasar a tomar la carrera náutica en el colegio de San Telmo.

En septiembre de 1870 dejó de existir Valeriano, duro golpe para Gustavo, que pronto enfermó sin ningún síntoma preciso, de pulmonía que se convirtió luego en hepatitis para tornarse en una pericarditis que pronto había terminar su vida el 22 de diciembre de ese mismo año.


Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugo su llanto
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino: ella, por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún, ¿por qué callé aquel día?
Y ella dirá, ,¿por qué no lloré yo?


  • EL ADEREZO DE ESMERALDAS

Estábamos parados en la carrera de San Jerónimo frente a la casa de Durán y
leíamos el título de un libro de Méry. Como me llamase la atención aquel título
extraño y se lo dijese así al amigo que me acompañaba, éste, apoyándose
ligeramente en mi brazo, exclamó:

-El día está hermoso a más no poder; vamos a dar una vuelta por la Fuente
Castellana; mientras dura el paseo, te contaré una historia en la que yo soy el héroe
principal. Verás cómo, después de oírla, no sólo lo comprendes sino que te lo
explicas de la manera más fácil del mundo.
Yo tenía bastante que hacer; pero como siempre estoy deseando un pretexto para
no hacer nada, acepté la proposición, y mi amigo comenzó de esta manera su
historia:
-Hace algún tiempo, una noche en que salí a dar vueltas por las calles sin más
objeto que el de dar vueltas, después de haber examinado todas la colecciones de
estampas y fotografías de los establecimientos, de haber escogido con la
imaginación delante de la tienda de los Saboyanos los bronces con que yo
adornaría mi casa, si la tuviese, de haber pasado, en fin, una revista minuciosa a
todos los objetos de artes y de lujo expuestos al público detrás de los iluminados
cristales de las anaquelerías, me detuve un momento en la de Samper.
»No sé cuánto tiempo haría que estaba allí regalándole con la imaginación a todas
las mujeres guapas que conozco; a ésta, un collar de perlas; a aquélla, una cruz de
brillantes; a la otra, unos pendientes de amatistas y oro. Dudaba en aquel punto a
quién ofrecería, que lo mereciese, un magnífico aderezo de esmeraldas, tan rico
como elegante, que entre todas las otras joyas llamaba la atención por la hermosura
y claridad de sus piedras, cuando oí a mi lado una voz suave y dulcísima exclamar
con un acento que no pudo menos de arrancarme de mis imaginaciones
-¡Qué hermosas esmeraldas!
»Volví la cabeza en la dirección en que había oído resonar aquella voz de mujer,
porque sólo así podía tener un eco semejante, y encontré en efecto que lo era, y de
una mujer hermosísima. No pude contemplarla más que un momento y, sin
embargo, su belleza me hizo una impresión profunda.
»A la puerta de la joyería de donde había salido estaba un carruaje. La acompañaba
una señora de cierta edad, muy joven para ser madre, demasiado vieja para ser su
amiga. Cuando ambas hubieron subido a la carretela, que por lo visto era suya,
partieron los caballos, y yo me quedé hecho un tonto, mirándola ir hasta perderla
de vista.
»"¡Qué hermosas esmeraldas!"», había dicho. En efecto, las esmeraldas eran
bellísimas; aquel collar rodeado a su garganta de nieve hubiera parecido una
guirnalda de tempranas hojas de almendro salpicadas de rocío; aquel alfiler sobre
su seno, una flor de loto cuando se mece sobre su movible onda coronada de
espuma. ¡Qué hermosas esmeraldas! ¿Las deseará acaso? Y si las desea, ¿por qué
no las posee? Ella debe ser rica y pertenecer a una clase elevada; tiene un carruaje
elegante y en la portezuela de ese carruaje he creído ver un noble blasón.
Indudablemente hay en la existencia de esa mujer algún misterio.
»Éstos fueron los pensamientos que me agitaron después que la perdí de vista,
cuando ya ni el rumor de su carruaje llegaba a mis oídos. Y en efecto, en su vida, al
parecer tan apacible y envidiable, había un misterio horrible. No te diré cómo; pero
yo llegué a penetrarlo.
»Casada desde muy niña con un libertino que, después de disipar una fortuna
propia, había buscado en un ventajoso enlace el mejor expediente para gastar otra
ajena, modelo de esposas y de madres, aquella mujer había renunciado a satisfacer
el menor de sus caprichos para conservar a su hija alguna parte de su patrimonio,
para mantener en el exterior el nombre de su casa a la altura que en la sociedad
había tenido siempre.
»Se habla de los grandes sacrificios de algunas mujeres. Yo creo que no hay
ninguno comparable, dada su organización especial, con el sacrificio de un deseo
ardiente, en el que se interesan la vanidad y la coquetería.
»Desde el punto en que penetré el misterio de su existencia, por una de esas
extravagancias de mi carácter, todas mis aspiraciones se redujeron a una sola:
poseer aquel aderezo maravilloso y regalárselo de una manera que no lo pudiese
rechazar, de un modo que no supiese ni aun de qué mano podría venir.
»Entre otras muchas dificultades que desde luego encontré a la realización de mi
idea, no era seguramente la menor el que, ni poco ni mucho, tenía dinero para
comprar la joya.
»No desesperé, sin embargo, de mi propósito. "¿Cómo buscar dinero?", decía yo
para mí, y me acordaba de los prodigios de Las mil y una noches, de aquellas
palabras cabalísticas a cuyo eco se abría la tierra y se mostraban los tesoros
escondidos, de aquellas varas de virtud tan grande que tocando con ellas en una
roca, brotaba de sus hendiduras un manantial, no de agua, que era pequeña
maravilla, sino de rubíes, topacios, perlas y diamantes.
»Ignorando las unas y no sabiendo dónde encontrar la otra, decidí por último
escribir un libro y venderlo. Sacar dinero de la roca de un editor no deja de ser
milagro; pero lo realicé.
»Escribí un libro original, que gustó poco, porque sólo una persona podía
comprenderlo; para las demás sólo era una colección de frases. Al libro lo titulé El
aderezo de esmeraldas, y lo firme con mis iniciales solas.
»Como yo no soy Víctor Hugo, ni mucho menos, excuso el decirte que por mi
novela no me dieron lo que por la última que ha escrito el autor de Nuestra Señora;
pero, con todo y con eso, reuní lo suficiente para comenzar mi plan de campaña.
»El aderezo en cuestión vendría a valer como cosa de unos catorce a quince mil
duros, y para comprarlo contaba yo con la respetable cantidad de tres mil reales;
necesitaba, pues, jugar.
»Jugué, y jugué con tanta decisión y fortuna que en una sola noche gané lo que
necesitaba.
»A propósito del juego, he hecho una observación en la que cada día me confirmo
más y más. Como se apunte con la completa seguridad de que se ha de ganar, se
gana. Al tapete verde no hay más que acercarse con la vacilación del que va a
probar su suerte, sino con el aplomo del que llega por algo suyo. De mí sé decirte
que aquella noche me hubiera sorprendido tanto el perder como si una casa
respetable me hubiese negado dinero con la firma de Rothschild.
»Al otro día me dirigí a casa de Samper. ¿Creerás que al arrojar sobre el despacho
del joyero aquel puñado de billetes de todos colores, aquellos billetes que
representaban para mí, cuando menos, un año de placer, muchas mujeres hermosas,
un viaje a Italia y champagne y vegueros a discreción, vacilé un momento? Pues no
lo creas; los arrojé con la misma tranquilidad, ¡qué digo tranquilidad!, con la
misma satisfacción con que Buckingham, rompiendo el hilo que las sujetaba,
sembró de perlas la alfombra del palacio de su amante. Y eso que Buckingham era
poderoso como un rey.
»Compré las joyas y las llevé a mi casa. No puedes figurarte nada más hermoso
que aquel aderezo. No extraño que las mujeres suspiren alguna vez al pasar delante
de esas tiendas que ofrecen a sus ojos tan brillantes tentaciones. No extraño que
Mefistófeles escogiese un collar de piedras preciosas como el objeto más a
propósito para seducir a Margarita. Yo, con ser hombre y todo, hubiera querido por
un instante vivir en el Oriente y ser uno de aquellos fabulosos monarcas que se
ciñen las sienes con un círculo de oro y pedrería para poder adornarme con aquellas
magníficas hojas de esmeraldas con flores de brillantes.
»Un gnomo para comprar un beso de una silfa no hubiera logrado encontrar entre
los inmensos tesoros que guarda el avaro seno de la tierra, y que sólo ellos
conocen, una esmeralda más grande, más clara, más hermosa que la que brillaba,
sujetando un lazo de rubíes, en mitad de la diadema.
»Dueño ya del aderezo, comencé a imaginar el modo de hacerlo llegar a la mujer a
quien le destinaba. Al cabo de algunos días, y merced al dinero que me quedó,
conseguí que una de sus doncellas me prometiese colocarlo en su guardajoyas sin
ser vista, y a fin de asegurarme de que por su conducto no había de saberse el
origen del regalo, la di cuanto me restaba, algunos miles de reales, a condición de
que apenas hubiese puesto el aderezo en el lugar convenido, abandonaría la corte
para trasladarse a Barcelona. En efecto lo hizo así.
»Juzga tú cuál no sería la sorpresa de su señora cuando, después de notar su
inesperada desaparición y sospechando que tal vez había huido de la casa
llevándose alguna cosa de ella, encontró en su secrétaire el magnífico aderezo de
esmeraldas. ¿Quién había adivinado su pensamiento? ¿Quién había podido
sospechar que aún recordaba de cuando en cuando aquellas joyas con un suspiro?
»Pasó tiempo y tiempo. Yo sabía que conservaba mi regalo, sabía que se habían
hecho grandes diligencias por saber cuál era su origen, y, sin embargo, nunca la vi
adornada con él. ¿Desdeñará la ofrenda? ¡Ah! -decía yo-, si supiese todo el mérito
que tiene ese regalo, si supiese que apenas le supera el de aquel amante que
empeñó en invierno la capa para comprar un ramo de flores! Creerá tal vez que
viene de mano de algún poderoso que algún día se presentará, si lo admiten, a
reclamar su precio. ¡Cómo se engaña!
»Una noche de baile me situé a la puerta de palacio y, confundido entre la multitud,
esperé su carruaje para verla. Cuando llegó éste y, abriendo el lacayo la portezuela,
apareció radiante de hermosura, se elevó un murmullo de admiración de entre la
apiñada muchedumbre. Las mujeres la miraban con envidia; los hombres, con
deseos. A mí se me escapó un grito sordo e involuntario. Llevaba el aderezo de
esmeraldas.
»Aquella noche me acosté sin cenar; no me acuerdo si porque la emoción me había
quitado las ganas o porque no tenía qué. De todos modos era feliz. Durante mi
sueño creía percibir la música del baile y verla cruzar ante mis ojos lanzando
chispas de fuego de mil colores, y hasta me parece que bailé con ella.
»La aventura de las esmeraldas se había traslucido, siendo objeto, cuando apareció
en su secrétaire, de las conversaciones de algunas damas elegantes.
»Después de haberse visto el aderezo, ya no quedó lugar a dudas y los ociosos
comenzaron a comentar el hecho. Ella gozaba de una reputación intachable. A
pesar de los extravíos y del abandono en que su marido la tenía, la calumnia no
pudo jamás elevarse hasta el alto lugar en que la habían colocado sus virtudes. Sin
embargo, en esta ocasión comenzó a levantarse el venticello por donde comienza,
según don Basilio.
»Un día me hallaba en un círculo de jóvenes, se hablaba de las famosas esmeraldas,
y un fatuo dijo al fin, como terminando la cuestión:
-No hay que darle vueltas; esas joyas tienen un origen tan vulgar como todas las
que se regalan en este mundo. Pasó ya el tiempo en que los genios invisibles
ponían maravillosos presentes debajo de la almohada de las hermosas, y un regalo
de ese valor no me cabe duda que el que lo hace es con la esperanza de la
recompensa... Y esa recompensa, ¡quién sabe si se cobraría adelantada...!
»Las palabras de aquel necio me sublevaron, y me sublevaron sobre todo porque
encontraron eco en los que las oían. No obstante, me contuve. ¿Qué derecho tenía
yo para salir a la defensa de aquella mujer?
»No había pasado un cuarto de hora, cuando se me ofreció la ocasión de
contradecir al que la había injuriado. No sé a propósito de qué le contradije. Lo que
te puedo asegurar es que lo hice con tanta aspereza, por no decir grosería, que, de
contestación en contestación, sobrevino un lance. Era lo que yo deseaba.
»Mis amigos, conociendo mi carácter, se admiraban, no sólo de que hubiese
buscado un desafío por una causa tan fútil, sino de mi empeño en no dar ni admitir
explicaciones de ningún género.
»Me batí, no sé decirte si con fortuna o sin ella, pues aunque al hacer fuego vi
vacilar un instante a mi contrario y caer redondo a tierra, un instante después sentí
que me zumbaban los oídos y que se oscurecían mis ojos. También estaba herido, y
herido de gravedad en el pecho.
»Me llevaron a mi pobre habitación, presa de una espantosa fiebre... Allí... no sé
los días que permanecí, llamando a voces no sé a quien..., a ella, sin duda. Hubiera
tenido valor para sufrir en silencio toda la vida a trueque de obtener al borde del
sepulcro una mirada de gratitud; pero, ¡morir sin dejarle siquiera un recuerdo!
»Estas ideas atormentaban mi imaginación en una noche de insomnio y de
calentura, cuando vi que se separaron las cortinas de mi alcoba, y en el dintel de la
puerta apareció una mujer. Yo creí que soñaba; pero no. Aquella mujer se acercó a
mi lecho, a aquel pobre y ardiente lecho en que me revolcaba de dolor; y
levantándose el velo que cubría su rostro, vi brillar una lágrima suspendida de sus
largas y oscuras pestañas. ¡Era ella!
»Yo me incorporé con los ojos espantados, me incorporé y... en aquel punto llegaba
frente a casa de Durán...»
-¡Cómo! -exclamé yo, interrumpiéndole, al oír aquella salida de tono de mi amigo-.
¿Pues no estabas herido y en la cama?
-¡En la cama...! ¡Ah, qué diantre...! Se me había olvidado advertirte que todo esto
lo vine yo pensando desde casa de Samper, donde en efecto vi el aderezo de
esmeraldas y oí la exclamación que te he dicho en boca de una mujer hermosa,
hasta la carrera de San Jerónimo, donde un codazo de un mozo de cuerda me sacó
de mi abstracción frente a casa de Durán, en cuyo escaparate reparé en un libro de
Méry con este título: Histoire de ce qui n’est pas arrivé, Historia de lo que no ha
sucedido». ¿Lo comprendes ahora?
Al escuchar este desenlace no pude contener una carcajada. En efecto, yo no sé de
qué tratará el libro de Méry; pero ahora comprendo que con ese título podrían
escribirse un millón de historias a cuál mejores.


El Contemporáneo


23 de marzo, 1862


  •  HISTORIA DE UNA MARIPOSA Y DE UNA ARAÑA
    Después de tanto escribir para los demás, permitidme que un día escriba para mí.
    En el discurso de mi vida me han pasado una multitud de cosas sin importancia que, sin que yo
    sepa el porqué, las tengo siempre en la memoria.
    Yo, que olvido con la facilidad del mundo las fechas más memorables, y apenas si guardo un
    recuerdo confuso y semejante al de un sueño desvanecido de los acontecimientos que, por decirlo
    así, han cambiado mi suerte, puedo referir con los detalles más minuciosos lo que me sucedió tal o
    cual día, paseándome por esta o la otra parte, cuanto se dijo en una conversación sin interés
    ninguno tenida hace seis o siete años, o el traje, las señas y la fisonomía de una persona
    desconocida que mientras yo hacía esto o lo de más allá, se puso a mi lado, o me miró o le dirigí la
    palabra. En algunas ocasiones, y por lo regular cuando quisiera tener el pensamiento más distante
    de tales majaderías, porque una ocupación seria reclama mi atención y el empleo de todas mis
    facultades, acontece que comienzan a agolparse a mi memoria estos recuerdos importunos y la
    imaginación, saltando de idea en idea, se entretiene en reunirlas como en un mosaico disparatado y
    extravagante.
    A veces creo que entre tal mujer que vi en un sitio cualquiera, entre otras ciento que he olvidado, y
    tal canción que oí mucho tiempo después y recuerdo mejor que otras canciones que no he podido
    recordar nunca, hay alguna afinidad secreta, porque a mi imaginación se ofrecen al par y siempre
    van unidas en mi memoria, sin que en apariencia halle entre las dos ningún punto de contacto.
    También me sucede dar por seguro que un hombre determinado, a quien apenas conozco, y que sin
    saber por qué, lo tengo a todas horas presente, ha de ejercer algún influjo en mi porvenir, y me
    espera en el camino de mi vida para salirme al encuentro.
    De estas fútiles preocupaciones, de estos hechos aislados y sin importancia, me esfuerzo en vano
    cuando asaltan mi memoria en sacar alguna deducción positiva; y digo en vano, porque si bien en
    ciertos momentos se me figura hallar su escondida relación, y como oculto tras la forma de mi vida
    prosaica y material, me parece que he sorprendido algo misterioso que se encadena entre sí y con
    apariencias extrañas, o reproduce lo pasado o previene lo futuro, otros, y éstos son los más
    frecuentes, después de algunas horas de atonía de la inteligencia práctica, vuelvo al mundo de los
    hechos materiales y me convenzo de que, cuando menos en ocasiones, soy un completísimo
    mentecato.
    No obstante, como tengo en la cabeza una multitud de ideas absurdas que siempre me andan dando
    tormento mezclándose y sobreponiéndose a las pocas negociables en el mercado del sentido
    común, y como he observado que una vez escrita una y arrojada al público, la olvido por completo
    y nunca más torna a fatigarme, voy a ir poco a poco deshaciéndome de las más rebeldes.
    Yo prometo solemnemente que si a mi enferma imaginación le aprovechan estas sangrías y
    mañana o pasado puedo disponer de mí mismo, he de aplicar todas mis facultades a algo más que
    enjaretar majaderías, y tal vez mi nombre pase a las futuras generaciones, unido al de un nuevo
    betún, unos polvos dentífricos o algún otro descubrimiento o invención útil a la humanidad.
    Entre tanto, sufrid como tantas otras impertinencias se sufren en este mundo, el relato de dos
    recuerdos insignificantes: la doliente historia de una mariposa blanca y una araña negra.
    Un día de primavera, un día rico de luz y de colores, de esos en que, viéndolo todo envejecerse a
    nuestro alrededor, nos admira que nunca se envejezca el mundo, estaba yo sentado en una piedra a
    la entrada de un pueblecito. Me ocupaba, al parecer, en copiar una fuente muy pintoresca, a la que
    daban sombra algunos álamos; pero, en realidad, lo que hacía era tomar el sol con este pretexto,
    pues en más de tres horas que estuve allí, embobado con el ruidito del agua y de las hojas de los
    árboles, apenas si tracé cuatro rayas en el papel del dibujo.
    Sentado estaba, como digo, pensando, según vulgarmente se dice, en las musarañas, cuando
    pasaron por delante de mis ojos dos mariposas blancas como la nieve. Las dos iban revoloteando,
    tan juntas, que al verlas me pareció una sola. Tal vez habían roto ambas a un mismo tiempo la
    momia de larva que las contenía y, animándose con un templado rayo de sol, se habían lanzado a
    la vez, en su segunda y misteriosa vida, a vagar por el espacio.
    Esto pensaba yo, cuando las mariposas volvieron a pasar delante de mí y fueron a posarse en una
    mata de campanillas azules, entre las que se detuvieron algunos segundos, sin que dejasen de
    palpitar sus alas. Después tornaron a levantar el vuelo y a dar vueltas a mi alrededor. Yo no sé qué
    querían de mí. Sin duda en el instinto de las mariposas hay algo de fatal que las lleva a la muerte.
    Ellas se agitan, como en un vértigo, alrededor de la llama que no las busca; ellas parece como que
    nos provocan, estrechando los círculos que describen en el aire en torno a nuestras cabezas, y las
    ahuyentamos, y vienen de nuevo.
    Yo no sé qué querían de mí aquellas mariposas, aquéllas precisamente, y no otras muchas que
    andaban también por allí revoloteando; yo no lo sé ni me lo he podido explicar nunca, pero lo
    cierto es que yo debía matar a una, y maquinalmente, no queriendo, no esperando cogerla, tendí la
    mano al pasar por la centésima vez junto a mi rostro, y la cogí y la maté. Sentí matarla, como
    sentiría que una noche se me cayeran los gemelos de teatro desde el antepecho de un palco y
    matasen a un infeliz de las butacas, lo cual no me ha sucedido nunca, aunque muchas veces he
    pensado que podría sucederme.
    Esta es la historia de la mariposa; vamos a la de la araña.
    La araña vivía en el claustro de un monasterio ya ruinoso y casi abandonado. Allí se había hecho
    una casa, tejida con un hilo oscuro, entre los huecos de un bajorrelieve.
    Yo entré un día en el claustro y desperté el eco de aquellas ruinas con el ruido de mis tacones. Y se
    me ocurrió, lo primero, que los claustros se habían hecho para los religiosos que llevaban
    sandalias, y comencé a pisar quedito, porque hasta mí me escandalizaba el ruido que hacía, siendo
    tan pequeño, en aquel edificio tan grande.
    El cielo estaba encapotado, y el claustro recibía la luz por unas ojivas altas y estrechas que lo
    dejaban en penumbra de modo que, aunque todo me hacía ojos, no podía ver bien los detalles del
    bajorrelieve que había empezado a copiar.
    El bajorrelieve representaba una procesión de monjes con el abad a la cabeza y servía de
    ornamento a los capiteles de un haz de columnas que formaban uno de los ángulos. No sé en dónde
    encontré una escalera que apoyé en el muro para subir por ella y ver los detalles; el caso es que
    subí, y cuando estaba más abstraído en mi ocupación, como me estorbase para examinar a mi
    gusto la mitra del abad una tela oscura y polvorienta que la envolvía casi toda, extendí la mano y la
    arranqué, y de debajo de aquella cosa sin nombre, que era su habitación, salió la araña.
    Una araña horrible, negra, velluda, con las patas cortas y el cuello abultado y glutinoso.
    No sé qué fue más pronto, si salir el animalucho aquel de su escondrijo, o tirarme yo al suelo desde
    lo alto de la escalera, con peligro de romperme un brazo, todo asustado, todo conmovido, como si
    hubiese visto animarse uno de aquellos vestiglos de piedra que se enroscan entre las hojas de
    trébol de la cornisa y abrir la boca para comerme crudo.
    La pobre araña, y digo la pobre, porque ahora que la recuerdo me causa compasión, la pobre araña,
    digo, andaba aturdida, corriendo de acá para allá, por cima de aquellos graves personajes del
    bajorrelieve, buscando un refugio. Yo, repuesto del susto y queriendo vengarme en ella de mi
    debilidad, comencé a coger cantos de los que había allí caídos, y tantos le arrojé que al fin le acerté
    con uno.
    Después que hubo muerto la araña, dije: «¡Bien muerta está! ¿Para qué era tan fea?». Y recogí mi
    cartera de dibujo, guardé mis lápices y me marché tan satisfecho.
    Todo esto es una majadería, yo lo conozco perfectamente; pero ello es que andando algún tiempo,
    decía yo, apretándome la cabeza con las manos y como queriendo sujetar la razón que se me
    escapaba: «¿Por qué da vueltas esa mujer alrededor de mí? Yo no soy una llama y, sin embargo,
    puede abrasarse. Yo no la quiero matar y, a pesar de todo, puedo matarla». Y después que hubo
    pasado todavía más tiempo, pensé y creo que pensé bien: «Si yo no hubiera muerto la mariposa, la
    hubiera matado a ella».
    En cuanto a la araña..., he aquí que comienzo a perder el hilo invisible de las misteriosas relaciones
    de las cosas, y que al volver a la razón empieza a faltarme la extraña lógica del absurdo, que
    también la tiene para mí en ciertos momentos.
    No obstante, antes de terminar diré una cosa que se me ha ocurrido muchas veces, recordando este
    episodio de mi vida. ¿Por qué han de ser tan feas las arañas y bonitas las mariposas? ¿Por qué nos
    ha de remorder el llanto de unos ojos hermosos, mientras decimos de otros: «Que lloren, que para
    llorar se han hecho»?
    Cuando pienso en todas estas cosas, me dan ganas de creer en la metempsicosis.
    Todo sería creer en una simpleza más de las muchas que creo en este mundo.  El Contemporáneo
    28 de enero, 1863







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